Unos cinco años atrás. Habíamos terminado. El viaje a Ventanas habría sido distinto, si no hubiese tenido la decisión de no responder a su llamado y haberme metido a la fuerza dentro del furgón que mi padre contrató para que partiéramos a la playa.
¿Porqué cuento este preámbulo? Pues, porque la imagen de ella esperando mi voz junto a su teléfono me martilló durante toda la travesía y la llegada. Mi hermano mayor disfrutaba de todo, como el veinteañero con actitud preadolescente que siempre ha sido, y mi hermana menor, por entonces una verdadera púber, dividía su atención entre los dibujos animados y las primeras miradas hacia los chicos de las casas vecinas.
Como una forma de amilanar mi propia culpa, decidí andar cabizbajo y amurrado todo el día, y responder con sonidos guturales ante cualquier frase que se me dirigiese. Para qué decir las salidas: totalmente enclaustrado, salí una sola vez en la noche, y las siestas que nunca he tomado tuvieron auge durante las tardes, ya que jamás fui a la playa.
Salvo ese día.
Ahí estaba, errando por la arena, odiando mi existencia, cuando apareció mi hermana entre la multitud:
“ - ¿Nademos?”
Niños.
“- Tu no sabes nadar…”
“- ¡Enséñame!”
“- ¡Enséñame!”
Bueno, tampoco recuerdo porqué, pero le tomé la mano y me adentré unos metros en el mar.
Me considero un hombre precavido, y por eso le expliqué a la señorita que iríamos hasta las boyas (a unos diez metros mar adentro), y luego nos volveríamos. Caminamos unos seis metros sobre la arena, con el agua hasta la cintura y sentimos que flotábamos.
“ - Oye, las boyas se alejan” – me dijo ella
“ – No es posible. Las amarran a cada extremo de la playa. En Valparaíso llegué hasta ellas”
“ – Ya Sherlock.”
“ – No es posible. Las amarran a cada extremo de la playa. En Valparaíso llegué hasta ellas”
“ – Ya Sherlock.”
En aquellos tiempos me tenía ese apodo, porque asombrosamente fue la única en la casa (después de mí) que aguantó las dos horas y media de “La Vida Privada de Sherlock Holmes”. Y antes de que apareciera “Chicago” en su vida, solía decir que era su favorita.

Precisamente en la cinta del detective iba pensando cuando llegamos a las mentadas boyas. Ella tenía razón. Primero, no eran pelotas hinchadas, de plástico hiperduro, sino que algún funcionario de aquella municipalidad pintó botellas no retornables de color naranjo fosforescente, y amarró todo desde un solo extremo. Nos habíamos alejado demasiado, y mi hermana, gracias al cielo, por lo menos había aprendido a flotar.
Cuando comenzamos nuestro retorno, ella comenzó a preguntarme sobre mi ex, y quise hundirle el rostro en el océano, pero me retuve cuando comenzamos a pisar de nuevo la arena.
En algo de medio minuto, seguíamos parados en la misma posición, ella interrogándome sobre mi chica, yo evadiéndola, y ambos caminando contra el mar.
De pronto, sin darnos cuenta, estábamos de nuevo cerca de las boyas.
“ – Volvimos al mismo lugar Sherlock” – me dijo ella, despreocupadamente.
La miré muy asustado y tragué saliva...
... Una corriente nos había arrastrado .....
(Continuará)